Cajamarca y su gran deuda pendiente: pasar del “yo” al “nosotros”

Cajamarca y su gran deuda pendiente: pasar del “yo” al “nosotros”

Hace más de 160 años, el Perú soñó en grande para Cajamarca.

En 1864 se autorizó la construcción del Ferrocarril Pacasmayo–Cajamarca, uGa obra concebida para conectar la costa con la sierra y convertir a nuestra región en un eje de comercio, agricultura, minería y desarrollo. Hombres como Ernesto Malinowski entendieron algo que sigue siendo absolutamente vigente hasta hoy: los pueblos progresan cuando logran conectarse.

Las vías llegaron hasta Chilete. El proyecto quedó inconcluso. Pero la visión nunca debió morir. Y quizá ahí empieza una de las reflexiones más importantes para nuestra generación. Porque Cajamarca lleva décadas escuchando diagnósticos: diagnósticos sobre pobreza, sobre conflictividad, sobre abandono, sobre minería, sobre desigualdad.

Pero mientras seguimos diagnosticando, el mundo avanza. Y la verdad es incómoda: Cajamarca ya no necesita únicamente más diagnósticos. Necesita decisiones. Necesita ejecución. Necesita una visión compartida de futuro.

No es normal que una de las regiones con mayores recursos minerales del país continúe enfrentando enormes brechas de infraestructura, conectividad y desarrollo humano.

No es normal que todavía existan comunidades esperando acceso digno al agua, educación de calidad, oportunidades y presencia efectiva del Estado, mientras el mundo depende cada vez más de nuestros recursos estratégicos.

Y quizá el problema nunca fue únicamente económico. Quizá lo que más nos faltó fue aprender a pensar como región. En quechua existe una palabra profundamente poderosa: “Ñocanchis”. Significa “nosotros”. No “yo”. No “mi grupo”. No “mi interés”. Nosotros. Y siento que Cajamarca necesita volver a esa palabra.

Porque ninguna región despega desde la fragmentación permanente. Los territorios que progresan son aquellos capaces de construir propósito colectivo, incluso pensando distinto.

La reciente viabilidad de la Presa Chonta nos deja justamente esa lección. Durante años parecía imposible destrabar el proyecto. Sin embargo, cuando distintos actores de la cuádruple hélice —Estado, empresa, academia y sociedad— decidieron sentarse en la misma mesa y pensar primero en Cajamarca, las cosas empezaron a avanzar.

Ahí está el verdadero camino. Cuando dejamos de lado el protagonismo individual y entendemos que el desarrollo exige articulación, los proyectos comienzan a destrabarse. Y esa misma lógica necesitamos construirla dentro del propio sector minero.

El Perú necesita un nuevo entendimiento entre la gran minería, la mediana y la pequeña minería. Durante demasiado tiempo hemos vivido una minería fragmentada, muchas veces desconectada de una visión nacional común. Y esa división nos debilita frente al mundo.

Porque nos guste o no reconocerlo, el Perú es un país minero. Nuestra historia, nuestra economía y gran parte de nuestras oportunidades futuras están ligadas a nuestros recursos naturales. Pero justamente por eso, el desafío ya no puede limitarse únicamente a producir más minerales.

El verdadero reto es lograr que nuestros recursos se conviertan en desarrollo humano real. Que la riqueza del territorio se transforme en infraestructura, agua, conectividad, educación, salud, innovación y oportunidades para nuestra gente.

Ese debe ser el nuevo gran objetivo nacional. Porque si los recursos naturales no mejoran verdaderamente la calidad de vida de la población, entonces el desarrollo queda incompleto y la licencia social se vuelve cada vez más frágil.

Hoy el mundo atraviesa una transformación histórica. La demanda de metales críticos seguirá creciendo y el Perú tiene una oportunidad extraordinaria frente al planeta. Cajamarca ocupa un lugar estratégico dentro de esa conversación global.

Pero debemos entender algo con absoluta claridad: el desarrollo no puede medirse únicamente por exportaciones o cifras macroeconómicas. El verdadero desarrollo se mide en bienestar humano, competitividad territorial y oportunidades reales para las futuras generaciones.

Por eso, la discusión ya no puede quedarse atrapada entre el “mina sí” o “mina no”. La verdadera discusión es cómo convertimos nuestros recursos en desarrollo sostenible, infraestructura moderna y bienestar para la población. Necesitamos volver a pensar en grande.

Pensar en corredores logísticos. Pensar en conectividad ferroviaria. Pensar en reservorios. Pensar en industrialización. Pensar en innovación. Pensar en educación. Pensar en una Cajamarca capaz de competir ante el mundo. Y también necesitamos atrevernos a corregir prioridades.

El Perú necesita gastar menos en burocracia improductiva y más en inversión que transforme territorios. Las regiones no cambian aumentando planillas. Cambian construyendo infraestructura, conectividad, tecnología y oportunidades.

El antiguo ferrocarril Pacasmayo–Chilete nos dejó una lección silenciosa pero poderosa: hubo una generación que se atrevió a imaginar un futuro más grande para Cajamarca. Hoy nos toca recuperar esa capacidad de pensar más allá del corto plazo.

Menos confrontación. Más articulación. Menos burocracia. Más inversión. Menos fragmentación. Más visión compartida. Menos individualismo. Más Ñocanchis. Porque Cajamarca siempre estuvo llamada a conectarse con algo más grande. Y hoy, esa conexión ya no depende únicamente de rieles. Depende de nosotros.

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Etiquetas: Cajamarca, mineria, recursos
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